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lunes, mayo 16, 2022

LOS PERICOS DEL BARATILLO

Igual que nosotros los animales comunes, los estudiantes universitarios o secundarios, cuando faltaba dinero para el fin de semana, como casi siempre ocurría, corríamos al Sábado Baratillo a conseguir recursos para ir a las fogatas bailables o las discotecas de moda. Casi todos los jóvenes recorrimos las diversas calles y plazas informales en diversas oportunidades y generaciones. Durante muchos años, el mercado popular funcionaba en las vías adyacentes al mercado San Pedro, antes lo hacía en la Plaza San Francisco, años después se trasladó a las calles cercanas a la Plazoleta Santiago.

Según mis patas, los sabios antropólogos, el Baratillo es un nombre que viene de la venta de baratijas, un mercado de pobres y ricos, ladrones y policías, intelectuales y analfabetos, viejos y jóvenes, niños y mujeres, clientes y mirones, curas y pecadoras, coqueros y alcohólicos, putas y maricas, rubias al tinte y cholas blanqueadas; todos eran bienvenidos en esta recreación del mercado de pulgas a la francesa; versión andina de la alharaca Parada limeña o la faitosa Cachina de los chalacos:

El Baratillo cusqueño, es una institución republicana, que tiene sus antecedentes en el Qhatu andino o mercado popular, repetían los genios historiadores en nuestra pandilla.

Los asistentes podían comprar y vender, toda clase de mercaderías, productos viejos y nuevos; desde cacharros inservibles, tornillos diminutos y oxidados, hasta las auto partes de carros nuevos y robados; ofrecían también ternos de marca y ropa usada o de segunda, recolectada por la chiquillada limpiando el closet de sus viejas y hermanas. Todo valía, si se trataba de sufragar las fiestas y juergas semanales, en compañía de chibolas y nuestras hembritas.

Los choros o tifas, pandilleros y jóvenes ladrones de los barrios marginales, eran la otra especie concurrente de estos predios; remataban sus trabajos periódicos durante las primeras horas de los sábados. Si un receptador ilegal, o revendedor cutrero, quería una merca novedosa, debía madrugar para comprar los mejores productos de la faena, a los rateritos con precio de ganga. A esa hora, se hacían los pedidos y transacciones de la mercadería exclusiva, para la semana entrante. Así la pandilla de ladrones tendría el tiempo suficiente para conseguir el pedido de los artículos solicitados. Movimientos bajo la mirada atenta y la participación de la honorable policía y la vigilancia municipal.

El Baratillo superaba nuestra imaginación; cada especialidad y profesión tenía su rincón, sus calles y costumbres. Los viejos libreros ofertaban a los clásicos de la política y la literatura, colecciones de ciencia, acompañados de folletos mimeografiados de los partidos izquierdistas, surtidos con revistas pasadas y baratas de Pekín Informa, selecciones de los Estados Unidos, Sputnik de la Unión Soviética; Tarzán, Superman, el Santo, Llanero Solitario y la pequeña Lulú, que en las tardes pasaban a engrosar las bibliotecas familiares de los lectores y bibliómanos; estos últimos pasaban horas buscando descubrir novedades y nosotros les facilitábamos la mercadería.

Los carpinteros ofrecían muebles Luis XVI, con mesas y sillas labradas por los presos de la Cárcel en Qenqoro, confeccionadas con madera corriente o reconstruida con masilla y cola; había también muebles rústicos y eternos de eucalipto para los más pobres. Los botelleros exponían cientos de recipientes a todo color y tamaño; los ropavejeros ofertaban una variedad completa de prendas de vestir y marca extranjera; los fierreros remataban varillas de construcción o bronce para fundir herramientas o juegos; los zapateros tenían calzados y zapatillas para todos los tamaños y usos.

Toda la fauna de vendedores al iniciar sus jornadas, desayunaban una madrugadora lawita de ch’uñu, a media mañana llegaban los plátanos al horno o los caldos de gallina; el almuerzo era un picante o una merienda con chicha y cerveza, para rematar con un chicharrón en el atardecer. Todo se consumía al crédito, hasta el anochecer y cancelar con los frutos y resultados de la jornada. El negocio debía alcanzar para todos, era un asunto de confianza y reciprocidad.

¿Caserito qué me traes esta semana? Me gritaban las viejas de ropa usada, sorprendiendo y agarrándome frío, delante de mi vieja o viejo.

En la primera venta los muchachos y muchachas, con el escaso pudor que restaba, escondíamos los rostros pálidos o sonrojados, para evitar algún conocido que, probablemente estaba en la misma danza y negocio, pero que podía chismear a la familia y echar a perder el hurto en la casa. Entonces empezaban las pataletas de las madres, encubriendo a los inocentes hijitos o hijitas ante papito, acusando a las empleadas por la pérdida o pillería de sus vestidos y blusas, ternos y camisas del esposo, libros y casacas, planchas y licuadoras viejas; merca que terminaban siempre en el famoso Baratillo por obra de niños adinerados; los pobres era imposible que vendieran algo, salvo sus dolores y sus costillas flacas, lucha de clases decían, algunos amigos.

Luego del tradicional paseo por las calles del Baratillo, observando o rebuscando uno que otro cachivache, culminábamos en la esquina de los animales y mascotas, zoológico informal de cuyes, perros, tortugas, canarios, palomas, gallinetas, loros y papagayos, monos y en especial los traviesos periquitos como yo; todos enjaulados en vetustas cajas de madera y metal, en cuyas ventanas se podía observar su tristeza y pena por la libertad perdida, me silbaban y hacían señas para liberarlos; entonces el granuja vendedor me susurraba a la oreja:

No te metas concha de tu madre, ni se ocurra abrir el pico, de un tajo te mato pajarraco de mierda. Mostrando un machete chino filoso y presto a la sangre.

Cuando los niños se acercaban a juguetearlos, sus rostros reclamaban y suplicaban cariño y protección; podía presentirse en el alma que estas criaturas, deseaban irse a la casa con uno o con todos, para acabar con el sufrimiento y el hambre, con que los trataba el comerciante. En medio de estos avatares, mis mamertos dueños eran buena gente y nunca quisieron venderme.

Íbamos al Baratillo por necesidad y deporte, cohabitábamos frenéticamente cada sábado por unas horas: los malditos pericos humanos y al medio de ellos pajarracos colorines y habladores como el suscrito; a pesar de mi presunta pituquería, muchas veces me agradó escuchar a un cholo enamorado, versando en quechua que al final también era mi sangre y entendimiento:

Sábado baratillupi suyawanqiman qaran, munaspa mana munaspa pusapuyqiman qaran; si me hubieras esperado en el Baratillo del sábado, sin querer queriendo te hubiera llevado para siempre, decía.

Aun cuando no crean ustedes, los pájaros, y en particular los periquitos, somos políglotas y cosmopolitas; al recorrer por el mundo en bandadas, visitamos muchos países y pueblos, en ellos tenemos que cantar y parlar en:

Quechua, alemán, inglés, chino, francés, ruso, español, italiano y de vez en cuando hasta en latín, cuando pasamos por los jardines del Santo Papa, para recibir la comunión y bendición como lo hacen los humanos.50 

—Y ché pajarraco, cómo andá la gente por el Cusco; me pregunta Don Francisco en argentino, acariciando mi cabeza; todo bien… le susurro en su oído al Tata Pancho: Saludos del Taytacha de los Temblores y también de Amaru mi hermano, solo él y yo sabíamos que soy un arariwa, un cuidante de la humanidad y la pachamama.

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