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viernes, mayo 17, 2024

Mascarillas o la ilusión de las políticas publicas basadas en la evidencia

Esta semana, tras la presión de los medios o simplemente llevados por la coyuntura política, se declaró como facultativo el uso de mascarillas en los colegios del Perú. Una decisión importante para empezar a enfrentar el virus en la vida diaria, en la que, sin embargo, las idas y venidas de algunos expertos en el tema dan mucho que pensar acerca de la comunidad científica y de las voces públicas cuando se habla del tema.

 

Como dije desde hace casi un año, personalmente no uso mascarilla al aire libre desde que terminó el 2020, porque desde ese tiempo ya existían pruebas que las mascarillas de uso masivo no servían para evitar contagios; yo añadiría, sin embargo, que creo que las personas infectadas deben cumplir cuarentena y portar una mascarilla para preservar la salud de otros, tal cual sucede con los enfermos de tuberculosis.

Pero sólo en ESA situación.

 

Las evidencias científicas usadas para determinar que las mascarillas ayudan o disminuyen significativamente el contagio del SARS-Cov-2 son escasas, y las que existen tienen grandes limitaciones en el diseño y en el control de confusores y sesgos de parte de los participantes. Es decir: no existen ni existieron evidencias científicas que demostraran que las mascarillas retrasaban o disminuyen las infecciones desde hace dos años.

 

Sin embargo, el discurso de muchos “expertos” ha cambiado sorpresivamente al respecto, llevados más por la coyuntura política y rencillas partidarias que por una verdadera carga de evidencia. Desde exigir el uso de mascarillas al aire libre y en ambientes cerrados, en un país donde la población llega a un restaurante y se quita la mascarilla en un ambiente con decenas de personas alrededor y se mantiene así durante horas, y en el cual donde se prohibió hasta hace dos días hacer los mismo en los colegios, incluso en el patio de recreo.

 

Claro, desde hace más o menos un mes, sorpresivamente se empieza a decir que ya no es el momento porque la “evidencia” lo dice.  ¿Cuál evidencia? Jamás existió evidencia de su utilidad, mas bien todo lo contrario. Pero ese ha sido el discurso de muchos de los expertos científicos, un giro de timón de 180 grados realmente sorprendente.

 

Jamás existieron pruebas de que colocar mascarillas a los niños en las escuelas disminuyera los contagios; más bien -y lo dicen muy bien los estudios llevados a cabo en Estados Unidos y otros lugares- la ventilación tuvo mucho mas resultado significativo que el uso de mascarillas.

 

Debo hacer un énfasis en que sí existen evidencias significativas de que la ventilación es un elemento fundamental para evitar el contagio en ambientes cerrados, lo mismo que sucede con la tuberculosis; además, se ha determinado de varias formas que el SARS-Cov-2 es un airborne virus, que equivocadamente se traduce en español como “ nacido en el aire” cuando en realidad debería traducirse como “ transmitido por el aire”. Es decir: mientras más pobre la ventilación, mayor la probabilidad de contagio. Es por eso el gran número de casos en ciudades con grandes áreas tugurizadas como Lima o Arequipa, donde se concentraron los contagios de COVID debido a la naturaleza del virus y donde las cuarentenas sólo aumentaron el riesgo y por lo tanto la mortalidad.

Así, no me sorprende el número escandaloso de muertes que tuvimos durante la primera ola, sin añadir a la suma el peso de nuestro pobrísimo sistema de salud.

 

Debo añadir con sinceridad a esta reflexión mi decepción porque, después de haber pasado tanto durante estos dos años, mis compañeros científicos no hayan aprendido nada de algo que nos falta mucho: aceptar nuestros errores y reconocerlos públicamente. Lo único que he visto durante el ultimo mes es un ataque profundo a la gestión de salud de un gobierno que lo único que ha hecho es seguir la política sanitaria de los dos anteriores; el ataque de muchos científicos se debe a su naturaleza ideológica. Sin embargo, cambian su discurso con mucha facilidad, y ya sea por la presión o cualquiera otra razón han terminado por aceptar lo que se debieron hacer más de dos años atrás.

 

Como se dice en un artículo de Nature, la resistencia al cambio de discurso de los dirigentes o encargados de las instituciones, como sucedió durante meses en la Organización Mundial de la Salud, se puede deber a un proceso sociológico que hace que las personas se resistan a aceptar opiniones de quienes son ajenos a sus afectos personales o desafíen su autoridad, aunque sepan que existe evidencia para este cambio de paradigma.

 

Lo he dicho ya en anteriores columnas: considero que un virus transmitido por el aire pone en jaque a todos nuestros sistemas de construcción e infraestructura de salud y educación, y debería llevar a un cambio del paradigma sanitario mundial, muy difícil de aceptar y sobre todo llevar a cabo en términos económicos; como lo he mencionado antes solo un gobierno fue capaz de construir grandes hospitales con ventilación e iluminación para evitar contagios y contribuir a la mejor salud mental de los enfermos, además de proponer cambios en los espacios urbanos con grandes áreas al aire libre para el disfrute de la población; eso sucedió en nuestro país hace más de 70 años. Desde entonces nadie ha llevado a cabo un esfuerzo semejante sobre el diseño urbanístico  de las grandes ciudades, basado en una política pública de salud, y dudo mucho que esto vaya a ocurrir en los años venideros.

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